Por MMGM | 06/05/06
Si estamos leyendo estas líneas es porque ya hemos sentido la presencia de nuestra Alma. Sabemos que nuestra Alma habita en nuestro cuerpo, y esto lo confirmamos cuando al decir "yo siento" nos tocamos el pecho en donde está resguardado nuestro corazón. Podríamos decir entonces que encontramos a nuestra Alma en nuestro interior.
El cuerpo físico es indispensable para que el alma pueda manifestarse, y ésta se expresa hacia el exterior por medio de la personalidad. Nuestra personalidad es el actor de nuestra alma, que está condicionada por los variados roles que actuamos. Los roles son diferentes de acuerdo con quien nos relacionamos y con quien nos comunicamos. Es decir que si me relaciono con mi abuela, mi rol o actuación será ser una nieta, por lo tanto somos hijos, nietos, padres, hermanos, deportistas, artistas, artesanos, escritores, bailarines, enemigos, amigos, novios, filósofos, intelectuales, etc., etc., etc.
Cuando la personalidad se conecta sólo con el exterior tiene muchos deseos. En el exterior, se encuentra tentada a tener todo lo que el mundo cultural y consumista en el que vive le ofrece. Deseamos entonces tener muchos zapatos, un auto último modelo, una casa más grande, cuatro hijos, un marido deportista, una casa de fin de semana, muchas cacerolas, deseamos coleccionar botellitas de licor o libros de arte, etc., etc. Y en lo que respecta al cuerpo, nuestra personalidad desea ser rubia con rulos si soy morocha y mi cabello es lacio, no tener arrugas alrededor de los ojos, no tener esos dos kilos de más que desfiguran tanto para poder ser siempre joven y vestirme a la moda. A nuestro cuerpo siempre le falta algo para que nos sintamos bien con él y en él. Si logro alguno de estos deseos me siento contenta, feliz, puedo llorar de alegría y sentirme la súper-mujer. Me sentiré feliz, aunque sea por un rato muy corto; y cuando me vuelva a sentir insatisfecha buscaré tener más cosas y si no logro lo que deseo, se presentará ante mí un conflicto terrible de frustración e insatisfacción que durará mucho más tiempo que los momentos de felicidad.
Estos deseos, que llevan a la personalidad a sentirse insatisfecha, logran que nos agarremos o aferremos no sólo a las cosas materiales sino también a las personas y hasta a algunas situaciones. Podríamos aferrarnos tan fuertemente que podríamos llegar a hacer cualquier cosa para conseguir lo que deseamos. Podríamos torcer nuestra vida, nuestro destino para conseguir tener una casa, pero seríamos felices sólo por un período de tiempo muy corto, ya que al volver a encontrarnos en la misma situación volveríamos a sentirnos insatisfechos y luego de tanto llorar, sentiríamos que nuestra personalidad junto con nuestra alma siguen sufriendo y no están en un estado de quietud, felicidad o de paz, luego de haber conseguido lo que queríamos tanto. Podríamos también obligar a otras personas a hacer lo que nosotros deseamos para conseguir concretar nuestro deseo, sin tener en cuenta si esa persona desea lo mismo que nosotros y sin tener en cuenta si la hacemos sufrir. Y además, sin tener en cuenta si nuestra actitud corresponde a una necesidad o un capricho.
En las relaciones con los demás, cuando nos aferramos tanto que no podemos ni pensar claramente o pensar un poco, sufrimos y lloramos. Pero en algún momento, después de tanto sufrir, nos podríamos dar cuenta de lo que nos está sucediendo y podríamos intentar modificar esa conducta, lo que nos llevaría a soltar esa energía que nos ata a la otra persona, o a las cosas materiales. Sería entonces cuando comenzaríamos a sentir de otra manera; por ejemplo, si deseo que mi tía me quiera un poco más, porque prefiere a mi hermano, el estar aferrada al esfuerzo para que me preste atención o se dé cuenta de que necesito su afecto y cariño, me esclavizará en una situación que se repetirá y se repetirá interminablemente.
En cambio, cuando desista de llamar la atención de mi tía, la situación cambiará y la energía que está atrapada en mi actitud se liberará. Cada vez que soltamos el deseo, la energía liberada produce un cambio en nosotros y las personas nos ven de otra manera. La situación podría continuar igual pero ya a nosotros no nos afectaría ni lastimaría, o bien, nos podríamos encontrar ante la posibilidad de iniciar una nueva manera de relacionarnos.
Comprender que las situaciones que nos atan nos limitan, es comprender que una parte de nuestra energía está estancada y no nos deja seguir avanzando con nuestra vida. Estaríamos ante la posibilidad de darnos cuenta y comenzar a comprender que nuestra Alma está partida o rajada en varias partes por los distintos deseos, obsesiones y roles que nuestra personalidad actúa. Y comprenderíamos que la emoción que viene desde el exterior y motiva e incita a la personalidad, a través de los sentidos como ser la vista, el tacto, el oído, el gusto y olfato, está moviendo al Alma que está partida o rajada en nuestro interior.
Podemos resumir entonces que los deseos son los que mueven a la personalidad y la llevan a sufrir y a ser infeliz porque no logra lo que desea. Y cuando resolvemos las situaciones que nos afligen o comprendemos que ciertos deseos no son realmente necesarios, esa energía que se libera y fluye es la que comienza a unir, a curar y a sellar las partes partidas y rajadas del Alma. Por lo que estaríamos dando entonces los primeros pasos en el intento de unir y conectarnos lentamente con nuestro interior. Y esta unión es el principio de sentir y de sentir el Amor en nosotros, en nuestros corazones.
Cuando las cosas materiales y algunas situaciones externas ya no nos emocionen y condicionen tanto, aparecerán esos pequeños instantes de quietud y paz interior. Estos instantes a medida que se hacen más constantes y prolongados irán liberándonos de esa emoción y entonces nuestra personalidad, que mirará hacia nuestro interior, se encontrará con el sentimiento que es el verdadero sentir. Esta nueva situación nos llevará a conocernos más a nosotros mismos y a sentir lo que verdaderamente estamos buscando y no siempre sabemos dónde o cómo buscar.
Esto no significa que tenemos que dejar de vivir en este mundo cotidiano y social. Debemos seguir haciendo las tareas que forman parte de nuestra vida, aquellas que nos permiten tener un orden, y aprender a través de las distintas experiencias que nos toquen vivir. Debemos trabajar, estudiar, cocinar, visitar a los amigos y parientes, cuidar de los hijos, aprender telar, ir al cine, aprender computación o malabares, reunirnos a festejar o comprar una camisa, leer, estudiar. La falta de deseo no reside en no necesitar una camisa o no disfrutar un café con una amiga, es simplemente encontrarse a uno mismo y comenzar a vivir; es encontrar el placer en las cosas más pequeñas y en todo lo que hacemos; es comenzar a sentir realmente la paz en nuestro interior que con el tiempo se reflejará en el exterior.
El sentimiento de paz o de felicidad es el verdadero estado del alma en la que ya no hay dudas ni dolor y sí hay certezas, confianza y fe. Nos encontraremos con esa seguridad que está escondida en el corazón y, como dicen los que saben, sólo cuando la descubramos encontraremos la visión real de nuestro ser en este mundo.
En este camino de descubrir nuestro verdadero ser, la emoción es importante porque es la que nos obliga a mirar hacia adentro y así nos conecta con la divinidad. No debemos reprimirla y sí debemos enfrentarla, porque al principio, sentir tanto, da miedo. Sólo cuando sufrimos nos vemos obligados a buscar la unión, nos vemos obligados a unir nuestra Alma partida. Al principio de este camino todos somos creyentes y encontramos a los santos, dioses y vírgenes afuera nuestro. Estos seres más evolucionados que nosotros, son los que nos ayudarán a reafirmar la fe y la conexión, primero con ellos y luego con nosotros mismos. Por lo tanto, cuando la Personalidad comience a enamorarse del Alma, cuando comience a sentir y a sentirse unida, nos iremos trasformando en devotos. Devotos que sentirán a la divinidad; y cuando finalmente la encontremos en nuestro corazón, estaremos en paz y unidos definitivamente.
Cuando entendemos cuánto nos separan del verdadero sentir, de nuestra alma y de nuestra verdadera esencia los roles de la Personalidad, podremos permitirnos sentir cómo están unidas las partes partidas del Alma. Y finalmente cuando nos demos cuenta de que debemos enamoramos de nuestra Alma con comprensión y conocimiento, podremos mantener la conexión. Y en ese sentimiento interior de unidad y paz que surge, encontraremos esa quietud eterna que tanto buscamos y que podremos irradiar en forma de amor a los que nos rodean. El sentimiento es el camino para poder romper con el egoísmo, que nos limita a ser la personalidad en conflicto y en desunión con el alma. Es el camino para romper con el espejismo que no nos deja ver, pensar o discernir. Ese espejo que sólo nos permite ver nuestro reflejo y no nos deja ver o sentir a los demás.
Cuando sintamos el exterior, ese mundo tan competitivo e inestable, y nos demos cuenta de que ya no afecta, modifica o perturba nuestro interior, los dos mundos estarán en armonía y en equilibrio. Al volver a comprender más, la verdadera esencia del Alma ya unida en el recorrido del camino espiritual que estamos transitando, comprenderemos que el camino es la expresión del amor y del darse cuenta o sabiduría, que ya están actuando juntos.
Y para entonces podremos encontrarnos con el Espíritu, que es la verdadera fuente o esencia universal.